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MÁS VALE PEDIR PERDÓN QUE PEDIR PERMISO… ¿SERÁ?

En mi familia, como en muchas otras, es muy importante ser educados, en el sentido de conocer las normas de urbanidad para una amable y correcta convivencia. Desde pequeños nos inculcan la importancia de dar gracias, saludar con un, buenos días, tardes o noche, según sea el caso, y en mi tierra hasta a las personas extrañas.

Decir “salud” después de estornudar, “buen provecho” al levantarnos de la mesa y mis papás hasta a los comensales de un restaurante cuando se van retirando, “con permiso” si te levantas del asiento y vas a pasar a otro lugar o si alguien se interpone en tu camino, solicitar algo con un previo “por favor”, ceder tu lugar a personas mayores o personas con discapacidad y a disculparte si cometes alguna falta.



En fin, estas reglas y otras más que por el momento se escapan de mi memoria son los “buenos modales” indispensables para relacionarte en sociedad y no pasar como una persona mal educada.


Así fue mi formación y es algo común en México, es parte de nuestra cultura.

Sin embargo, en esta ocasión me voy a detener a explicar la cuestión de ofrecer disculpas a cada momento.


Disculparse, es una acción que conlleva mucho significado entre los seres humanos, cumple una importante función social. Demuestra reconocimiento y valor de las reglas que se rompieron y, según los investigadores de la Universidad de Florida, “minimizar las repercusiones negativas del incidente y reparar la identidad dañada del actor”.

Decir “lo siento”, en principio, es uno de los “pegamentos” sociales que refuerzan nuestras relaciones. Pedir perdón cuando uno se arrepiente del daño que ha causado a alguien es liberador tanto para quien es perdonado como para quien perdona.


Indudablemente, es un acto que, en sus dos extremos, ennoblece y reconforta.

Pero ¿Pides perdón con demasiada frecuencia? ¿Te preocupas mucho por decir y hacer lo correcto siempre?...


Pues si es así, les tengo noticias…


Hacerlo de forma constante puede debilitar nuestra autoestima. Pensemos que el acto de ofrecer disculpas debe ser puntual y significativo, no un ejercicio continuado y casi obsesivo donde, de algún modo, se deja entrever nuestra falta de confianza.

Hay personas que piden perdón de manera patológica porque puede resultar más sencillo dar por hecho que el conflicto es culpa nuestra que reconocer que deberíamos enojarnos y de esa manera evitamos la confrontación o el conflicto. Puede ser que tenemos la sensación de que no valemos nada o que valemos poco, que estorbamos, que todo lo hacemos mal.

“Siento molestarte, pero: ¿Puedo hacerte una pregunta?”, “Perdón, ¿Puedes pasarme ese bolígrafo de ahí?”, “Perdón, pero yo opino que…” Podríamos dar mil ejemplos de esas situaciones en las que la palabra “perdón” se convierte en la protagonista de nuestras conversaciones.


Desde la niñez se nos enseña que cuando nos equivocamos debemos disculparnos, sin embargo, una cosa es expresar pena por llegar tarde a una reunión o haber ofendido a alguien y otra pedir perdón o disculparnos por cualquier cosa y en demasía.

Pedir perdón no siempre es útil y a veces puede ser excesivo. Esta situación provoca ansiedad y el hecho de disculparse frecuentemente puede tener el efecto contrario.

Han escuchado decir a alguien refiriéndose a x persona:


“Est@ siempre con un perdón quiere arreglar todo” o que alguien te llame después de haberte visto y disculparse por una situación insignificante de la cual ni te diste cuenta:

“Perdón porque dije esto, o no me despedí de ti con un abrazo y de las otras personas sí…” (Y uno se queda pensando: ¿Qué le pasa?)…


Hay muchas personas que piden perdón en exceso por inseguridad, deseo de aprobación o para evitar el conflicto. Hasta que por fin llega el día en el que nos damos cuenta de que excusarnos no siempre es la opción adecuada ni lo mejor para nosotros.


¿Cuántas veces no te ha pasado que te enojas por algo que está justificado y cuando se soluciona el problema y pasa el enojo sientes impulso por disculparte?


O bien, reevalúas la situación y te das cuenta de que no lo ameritaba… Que a veces aunque tú no provocaste una situación de enojo, pero nadie ofrece una disculpa, se dispara el deseo de hacerlo tú porque quieres mejorar la situación. (“Es que el ambiente estaba muy tenso, pensamos o lo decimos después”).


Algo que en un principio podría ser un rasgo distintivo de nuestra cortesía o buena educación, se convierte a veces en una dinámica con implicaciones negativas para nosotros mismos.


“Me da mucha pena, pero te molesta si te pido una taza de café” “Te voy a platicar esto, me da mucha pena si te causa molestia, pero no quiero que te sientas mal, etc.” (Y la persona le da” vueltas y vueltas a las cosas” y tarda en concluir) Es cuando desesperado el interlocutor dice: Ya! Al grano”

¿Qué pasa cuando se ofrecen disculpas de manera compulsiva por cosas absurdas que quizás no amerita el pedir perdón todo el tiempo?

Para algunas personas, el impulso de decir “lo siento” por cualquier cosa es inconsciente, automático, involuntario y a veces no tiene que ver con sentir remordimiento.

Dependiendo del objetivo de la conducta, el contexto en la que se da esta, podría decirse que el disculparse todo el tiempo es un comportamiento de sobre protección o una estrategia compensatoria, ante emociones adversas o potenciales amenazas.

Pero también el pedir perdón de manera excesiva puede ser indicador de problemas más graves, puede darse debido a traumas de la infancia, a secuelas de relaciones tóxicas donde hubo abuso físico y verbal.


La gente que pide disculpas por todo, tal vez haya aprendido ese patrón como mecanismo para mantenerse seguros, ya sea porque el tipo de crianza fue muy autoritario o más tarde vive o vivió una relación abusiva, decir ‘lo siento mucho, no debí hacer eso’, es un mecanismo de defensa.


Por otro lado, la gente con desorden de personalidad narcisista, rara o ninguna vez se disculpa, explica Heitler. De manera que se debe encontrar un balance, y cuando se hace correctamente, las disculpas pueden ser muy saludables.


En fin, si después de reflexionar sobre esto encuentras que es tu caso, que el hecho de pedir perdón constantemente para ti tiene más que ver con una situación psicológica o emocional que con el arrepentimiento, es momento de acudir a un especialista que te apoye y logres ese equilibrio que implica despojarte de” los siento” superfluos y dañinos sin ser desconsiderado.


También es importante aclarar, que:


“Pedir perdón no siempre significa que estamos equivocados y que el otro está en lo cierto. Simplemente, significa que valoramos una relación mucho más que a nuestro ego”.



Me despido, como siempre, me pongo a tus órdenes por si tienes preguntas al respecto y también te recuerdo que estoy abierta a tratar sobre algún tema en específico sobre el cual, quieras saber más. Igualmente, te sugiero que busques ayuda profesional  que te apoye en un proceso de autoconocimiento, sanación y desarrollo personal. 


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Dra. Cristina Amézaga

Psicoterapeuta e Hipnoterapeuta

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